Seguro que habéis oído o leído muchas veces esta frase: «en la vida, a veces se gana y otras se aprende». Me gustaría añadir algo: en la vida, a veces se gana y otras veces aprendemos de los errores de otros, y también ganamos. Ese es el objetivo principal por el que escribo esto, años después, con la herida ya sanada y cicatrizada: para que no se vuelvan a aprovechar de la ilusión de nadie. Para enseñar a proteger vuestras ideas y darles el valor que se merecen. Si no crees en tus ideas, alguien más lo hará, y probablemente acabe poniéndole su nombre y apellidos. Es ruin y mezquino, como la gente que también puede serlo.
Corría el año 2023. Tenía entonces un bebé de nueve meses, acababa de volver a trabajar en el cole y la vida me atropellaba. Entre todo aquel caos, seguía muy activa en mi cuenta de Instagram, divulgando sobre educación y maternidad. Un buen día, una persona muy conocida en el mundo de la educación contactó conmigo a través de esa red social para proponerme presentar un programa de televisión educativo en el que tendría que viajar por toda España, con la oportunidad de aprender, conocer lugares, personas y metodologías educativas. Si me conocéis mínimamente, sabéis que me va la marcha, así que empecé a investigar las posibilidades legales que tenía para aceptar aquella propuesta de trabajo.
Y descubrí la cara no tan bonita del funcionariado en España.
Al ser funcionaria, tenía una limitación horaria semanal para trabajar por cuenta privada. La oferta era a jornada completa, y para aceptarla la única vía que me quedaba era solicitar una excedencia por interés particular, bajo la cual debía renunciar a mi plaza definitiva durante al menos dos años. Era más que lanzarse a una piscina: suponía saltar en un trampolín, dar un triple salto mortal y precipitarse hacia una piscina que, igual, estaba vacía. Comprenderéis que, además, con un bebé y facturas que pagar, no sonaba muy coherente.
Con todo el dolor de mi corazón, tuve que decir que no. Ahora digo que menos mal… y más adelante entenderéis por qué.
Con aquel «no» sobre la mesa, mi cabeza no paraba de dar vueltas en torno a una idea: ¿de qué manera podíamos contribuir los funcionarios de carrera a mostrar nuestra visión de la educación en un formato televisivo, sin incurrir en incompatibilidades?
Y entonces se me ocurrió la idea.
¿Y si mostrábamos la red que habíamos tejido en Instagram bajo el hashtag #claustrodeIG, viajando por todos los municipios donde residían esos influencers educativos? ¿Y si aprovechábamos para mostrar que la educación también está fuera del aula, que gracias a nuestra labor de divulgación habíamos crecido como profesionales, compartiendo nuestras actuaciones y transformando así nuestros entornos? Lo tuve claro: el hilo conductor sería una caravana que, recordando vagamente a aquellas misiones pedagógicas de antaño, viajase por el territorio nacional para entrevistar a esos influencers y realizar actividades o talleres en las plazas de sus municipios. La educación al servicio del pueblo.
La caravana sería el testigo de una carrera de relevos en la que los influencers, uno tras otro, fueran tomando el protagonismo del programa: primero como entrevistados, después viajando al siguiente municipio y siendo ellos mismos los entrevistadores del siguiente influencer.
Al ser una persona ambiciosa y creativa, suelo prestar mucha atención a los testimonios de personas de éxito en el terreno artístico. En una entrevista que vi hace poco, Shakira decía que cuando escribe un tema sabe al segundo si va a tener éxito mundial, y que lo tuvo clarísimo al escribir «Las mujeres ya no lloran».
Ojalá la hubiera escuchado antes decir aquello, porque cuando me vino esa idea de La caravana educativa a la cabeza, la vi cristalina, materializándose en mi imaginación. Me vi encendiendo la tele y viendo ese programa. Y me emocioné tanto que lo único que quería era compartirlo para hacerlo realidad.
A veces los trenes pasan, pero dejan tras de sí una vía que seguir. Esto fue lo que me pasó a mí. Gracias a esa vía, pude contactar con la productora que me había ofrecido anteriormente aquel otro puesto de trabajo. Insistí mucho. Ser perseverante es una de mis cualidades, aunque a veces creo que es un defecto… según el momento y la intensidad, así me percibo.
Conseguí la reunión y me lancé, con todo el entusiasmo del mundo, a compartir esa idea. Sin pensar en nada más que verla materializada y que mi ciudad, Benidorm, saliera en aquel programa.
La idea encantó, así que me pidieron desarrollo. Con la misma ilusión y emoción, en pocos días tenía la presentación completamente desarrollada, con un desglose de las personas que podrían aparecer en el programa, agrupadas por comunidad autónoma y temática. Estaba orgullosa de mi trabajo.
Pasaron los meses y no supe nada. Había plantado una semilla en tierra fértil, y ya nada más podía hacer que esperar a que germinase. Y vaya si lo hizo. En verano me contactaron de la productora para pedirme acceso a esa presentación y poder mostrarla a una cadena de televisión. Confieso que en ese momento pensé en pedir estar en aquella reunión, ser incluso quien presentase el formato: ¿quién mejor para defender una idea que la persona que la ha tenido? Pero no me atreví. Me hice chiquitita. Pensé que no sabía nada de televisión, que quizás no era la persona más adecuada. Y, por supuesto, tampoco se me ocurrió registrar el formato en el Registro de la Propiedad Intelectual.
Imaginaréis cómo continúa la historia.
El programa se hizo, yo formé parte de él —de aquella manera—, pero mi nombre y apellidos no aparecen en los créditos finales, y de hecho ya se ha grabado una segunda temporada, de lo cual me enteré a través de redes sociales.
A todos los efectos, nadie en el mundo sabrá nunca que esa idea salió de mi cabeza. Y da rabia, porque nunca sabes qué puertas te puede abrir una experiencia así.
Por otra parte, en redes sociales me encontré con pocos o nulos valores al respecto. Hubo gente que conoció esta historia, que salió en el programa, y que no tuvo un mínimo agradecimiento hacia mi persona. ¿Te brindo la oportunidad de mostrar lo que haces, de mostrar una unión que ha traspasado pantallas, y no eres capaz de reconocer y agradecer a quien ha hecho posible que vivas esa experiencia? A día de hoy, con la historia ya fría en mi cabeza, puedo afirmar con rotundidad que esto fue lo que más me dolió. También se me quedó grabada a fuego una frase: «Las ideas son universales; un formato registrado es mucho más que una idea». Más que nada porque lo que di no fue solo una idea: di un contexto, unos contactos, temáticas, estructura. Lo di todo perfectamente cerrado como para registrarlo.
Así que si habéis llegado hasta aquí, me gustaría que os quedarais con dos aprendizajes a modo de mantra y conclusión:
1. Apropiarse de las ideas de otras personas es inmoral, está feo y dice muchísimo del tipo de persona que eres.
2. Siempre, siempre, siempre hay que proteger lo que sale de tu cabeza. Aunque creas que no va a llegar a ninguna parte, aunque pienses que no merece la pena. Por si acaso, ponle tu nombre y apellidos. No cuesta tanto dinero como piensas, y te ahorras muchos disgustos.









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